La culpa de lograr lo que mis padres no lograron
- Katheryne J. Robles

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Diario de una Consteladora - Katheryne J. Robles
Hubo una etapa de mi vida en la que empecé a viajar mucho por trabajo.
Trujillo, Arequipa, Piura, Huancayo, Cusco.
Era un crecimiento que me llenaba de ilusión. Me sentía orgullosa, agradecida, emocionada.
PERO ALGO PASABA...
La culpa no aparecía antes del viaje. Aparecía durante.
Apenas llegaba a la ciudad, cuando tenía que llamar a mis papás para decirles que todo estaba bien, cuando les contaba cómo era el lugar, el hotel, los paisajes… algo dentro de mí se entristecía.
Cada vez que algo lindo sucedía —un paisaje hermoso, una habitación cómoda, una experiencia especial— aparecía el mismo pensamiento:
“Cómo me gustaría que mi mamá y mi papá estuvieran aquí.”
Y junto con ese pensamiento venía una melancolía profunda. Una tristeza silenciosa que me impedía disfrutar por completo.
Una CULPA tan sutil que no se veía...
Lo más curioso es que en ese momento no me di cuenta de que estaba frente a una culpa.
No era evidente. No era ruidosa.
Era un patrón sumamente oculto.
Recién después de muchos viajes, de notar que siempre me pasaba lo mismo, pude ver que algo se REPETÍA. Y ahí entendí algo muy importante:

Este fue para mí el ejemplo perfecto de por qué incluso siendo consteladora, terapeuta, acompañante… NECESITAMOS GUÍA.
Porque lo inconsciente, cuando es muy leal, se esconde bien.
Cuando finalmente me di cuenta de que lo que estaba sintiendo era culpa, lo primero que apareció fue el juicio:
“¿Cómo es posible que siendo consteladora no lo haya notado antes?”
Me exigía poder con todo. NO necesitar ayuda. NO tener puntos ciegos.
Y ahí la vida me volvió a enseñar algo esencial:
Ser consteladora no es una meta que se alcanza, es un camino que se recorre toda la vida.
La LEALTAD detrás de la CULPA
Cuando pude mirar esa emoción con más profundidad, lo vi claro:
“Yo no seré más que ustedes.”
Esa era la frase inconsciente.
Aunque racionalmente sabía que mis padres sí habían viajado alguna vez (por ejemplo a Cusco), la culpa no respondía a la lógica. Respondía a una lealtad muy antigua y muy común:
“No seas más que tus padres.”
En el fondo, mi alma decía:
“Ellos NO viajaron tanto,
¿CÓMO tú te atreves?
¿POR QUÉ no los llevaste?
Eres MALA HIJA por disfrutar sola”
No era amor. Era LEALTAD mal entendida.
Estaba siendo leal a sus límites, a sus postergaciones, a lo que NO pudieron VIVIR.
Y esa lealtad me quitaba disfrute.
Cuando lo vi, sentí alivio. Porque una vez que lo inconsciente se ve, deja de mandar.
También sentí pena.
PENA por NO haberlo trabajado antes.
PENA por todos esos viajes que NO disfruté del todo.
Pero entendí algo más grande:

El ORDEN que LIBERA
Hoy lo veo con mucha más claridad.
HONRAR a los padres no es quedarse pequeña por ellos.
Honrarlos es CRECER
VIAJAR
EXPANDIRSE
LOGRAR...
Ellos nos dieron la vida para que la vivamos, NO para que la detengamos por culpa.
Reordené algo muy importante dentro de mí:
ELLOS son los grandes.
Yo soy la HIJA.
NO es mi deber salvarlos.
NO es mi responsabilidad compensar sus límites con mi renuncia.
Empecé a viajar con ellos en el corazón, NO como carga, sino como amor.
Cuando esté en mis posibilidades llevarlos físicamente, lo haré con gusto.
Mientras tanto, DISFRUTO...
Porque entendí algo profundo y muy sanador:

Si esta historia resuena contigo, te invito a realizar este ejercicio que preparé para ti, dale clic aquí.
Hoy puedo decirlo con el corazón tranquilo:

En el Pack Sanar para Prosperar trabajamos estas lealtades invisibles que BLOQUEAN tu expansión personal y profesional.
Y recuerda:
Lo que se ordena adentro, florece afuera.



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